Arsenio Lobato, ladrón de guante blanco

De Maurice Leblanc

SS La Champagne https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/ss-la-champagne/

Traducido por Jaume Carrascosa Rabadán y Lucía Anaya Benlliure

Clerkenwell Tunnel https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/clerkenwell-tunnel/

The Project Gutenberg eBook of Arsenio Lobato, ladrón de guante blanco

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Title: Arsenio Lobato, ladrón de guante blanco
Author: Maurice Leblanc
Release date: July 1, 2004 [eBook #6133]
Most recently updated: September 1, 2024
Language: European Spanish
Credits: Jaume Carrascosa Rabadán and Lucía Anaya Benlliure

This translation into European Spanish by Jaume Carrascosa Rabadán and Lucía Anaya Benlliure is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License. Images used in this work come from the oldbookillustrations.com website. They are thought to be in the public domain in the United States and other countries because they have been reproduced from a book or document for which it is claimed that the copyright has expired in the United States and other countries.

El arresto de Arsenio Lobato

Fue un final peculiar el del viaje que comenzó de la forma más favorable posible. El barco de vapor transatlántico La Valenciana era un barco veloz y cómodo y estaba comandado por un hombre de lo más afable. Los pasajeros formaban una sociedad exclusiva y exquisita. El encanto de los nuevos allegados y los pasatiempos improvisados hacían que el tiempo pasara de forma más placentera. Se disfrutaba la amena sensación de estar separado del resto del mundo, viviendo como si estuviéramos en una isla desierta y estuviéramos obligados a socializar entre nosotros.

¿Alguna vez te has parado a pensar la originalidad y espontaneidad que desprenden todas estas personas que la noche anterior no se conocían y que ahora están, durante varios días, condenados a llevar una vida de extrema intimidad, desafiando al mismo tiempo a la ira del mar, a los terribles embates de las olas, a la violenta tempestad y a la monotonía del agua calmada y apacible? Esa vida se convierte en una especie de trágica existencia, con sus vaivenes, su monotonía y su diversidad, y es por eso que, igual, nos embarcamos en un corto viaje con un cóctel de emociones de placer y de terror.

No obstante, durante los últimos años, nació una nueva sensación en la vida del pasajero transatlántico. Aquella islita flotante ahora está adosada al mundo del que antes era libre. Un vínculo los había unido, un vínculo en el corazón de los desechos líquidos del Atlántico. Ese vínculo es el telégrafo sin hilos, un medio gracias al cual recibimos noticias de una forma de lo más misteriosa. Sabemos de sobra que el mensaje no se transmite a través de un alambre hueco, no. El misterio es todavía más inexplicable, más romántico y debemos recurrir a las idas y venidas del viento para explicar este novedoso milagro. El primer día del viaje, nos daba la sensación de que nos estaba siguiendo, acompañando, o incluso precediendo, aquella voz lejana que, de tanto en tanto, nos susurraba algunas palabras del tan alejado mundo. Me hablaron dos amigos, diez incluso. Otros veinte enviaban palabras de despedida tanto alegres como lúgubres al resto de pasajeros.

El segundo día, a 800 kilómetros de la costa vasca, en mitad de una violenta tormenta, recibimos el siguiente mensajes gracias al telégrafo sin hilos:

«Arsenio Lobato está en vuestro barco. Primera sección, pelo rubio, herida en el antebrazo derecho, viaja solo bajo el apellido de R…»

En aquel momento, el terrible destello de un relámpago se apoderó del tempestuoso cielo. Las ondas eléctricas se cortaron. El resto del mensaje nunca nos llegó. Solo supimos la inicial bajo la que Arsenio Lobato se estaba ocultando.

Si el suceso hubiera sido de otro tipo, estoy convencido de que el telegrafista y el personal del barco se habrían asegurado de mantener el secreto. Sin embargo, que se escapara de la discreción absoluta fue un evento premeditado. Ese mismo día, nadie supo cómo dicho incidente se convirtió en un asunto de chismorreo y todos los pasajeros sabían que el famoso Arsenio Lobato estaba camuflado entre nosotros.

¡Arsenio Lobato está entre nosotros! ¡El irresponsable ladrón cuyas hazañas están en todos los periódicos de los últimos meses! El misterioso individuo con el que Anaya, nuestro inspector de policía más sagaz, estuvo involucrado en un implacable conflicto en medio de un paisaje de lo más interesante y pintoresco. Arsenio Lobato, el extravagante caballero que solo opera en mansiones y ambientes de gente con mucho prestigio, y el que, una noche, entró en la residencia del barón Schormann pero salió con las manos vacías y dejó una carta donde escribió lo siguiente: «Arsenio Lobato, el ladrón de guante blanco, volverá cuando el mobiliario sea auténtico». Arsenio Lobato, el hombre de los mil disfraces: se disfraza de chófer, de detective, de apostador, de físico ruso, de chef italiano, de comercial, de joven robusto o de viejo decrépito.

Imagínate la siguiente situación: Arsenio Lobato estaba deambulando por los límites del barco transatlántico; en aquel enano rincón del mundo, en aquel comedor, en aquel fumadero, ¡en aquel salón de música! Arsenio Lobato podía ser ese caballero… o ese de ahí… el de la mesa de al lado… el que comparte camarote conmigo…

—¡Y esta situación durará por lo menos cinco días! —exclamó miss Nelly Underdown a la mañana siguiente—. ¡Es insoportable! Más vale que lo detengan.

Después, dirigiéndose a mí, añadió:

—Señor Alcántara, usted es íntimo con el capitán, ¿sabe algo del tema?

Habría estado encantado de poseer información de interés para miss Nelly. Nelly era una criatura magnífica que, de forma inevitable, llamaba la atención allá donde iba. La riqueza y la belleza crean una combinación irresistible y ella tenía ambas cosas.

Estudió en Madrid y su madre, española, la cuidaba. Ahora iba a visitar a su padre, el millonario Underdown de Chicago. Le acompañaba una de sus amigas, lady Jerland.

Al principio decidí coquetear con ella, pero con la intimidad del viaje, su comportamiento tan encantador me dejó asombrado y mis sentimientos se convirtieron en algo más serio y reverencial como para un simple coqueteo. Por otro lado, ella aceptaba mis avances con cierta gracia. Se dignaba a reírse de mis ocurrencias y a mostrar interés en mis historias. Aun así, vi a un rival en un hombre callado y con gustos refinados y me chocaba que, a veces, ella prefiriera su humor taciturno a mi ligereza madrileña. Dicho hombre formaba parte del círculo de admiradores de miss Nelly cuando me formuló la pregunta mencionada anteriormente. Estábamos todos sentados en nuestras cómodas tumbonas. La tormenta de la noche anterior dejó el cielo despejado. Hacía un tiempo de maravilla.

—No sé nada en concreto, señorita —respondí—, ¿pero acaso no podemos, nosotros mismos, investigar el misterio igual que lo hace el inspector Anaya, que es el archienemigo de Arsenio Lobato?

—¡Oh! Igual se está precipitando, señor.

—En absoluto, señorita. De hecho, déjeme preguntarle, ¿le parece esto un asunto complicado?

—Muy complicado.

—¿Se ha olvidado de que tenemos la clave para solucionar el asunto?

—¿Qué clave?

—En primer lugar, Lobato se hace llamar «señor R…».

—Pero eso no nos dice nada —replicó.

—También sabemos que está viajando solo.

—¿Y eso es relevante? —preguntó.

—Además, es rubio.

—¿Y?

—Ahora solo tenemos que cribar la lista de pasajeros mediante descarte.

Tenía dicha lista en el bolsillo. La saqué y le eché un vistazo. Entonces declaré:

—Veo que solamente trece hombres de la lista de pasajeros tienen un apellido que empiece con la letra R.

—¿Solo trece?

—Sí, en la primera sección. Y de esos trece, veo que nueve de ellos van acompañados de esposa, hijos o sirvientes. Por lo tanto solo cuatro están viajando solos. El primero es el marqués de Rabadán…

—El secretario del embajador de los Estados Unidos —interrumpió miss Nelly—. Sé quién es.

—El alcalde Rawson —continué.

—Es mi tío —dijo alguien.

—El señor Rivolta.

—¡Presente! —exclamó un italiano con una barba negra y poblada con la que apenas se le podía ver la cara.

Miss Nelly se echó a reír.

—Ese caballero no es muy rubio, que digamos —exclamó.

—De acuerdo —concluí—, entonces hemos llegado a la conclusión de que el sospechoso es el último de la lista.

—¿Cómo se llama?

—Señor Rosales. ¿Alguien lo conoce?

Nadie respondió. No obstante, Miss Nelly se dirigió al joven taciturno, cuyas ocurrencias hacia la señorita me irritaban, y le dijo:

—Señor Rosales, ¿por qué no contesta?

Todo el mundo se giró a mirar al señor. Era rubio, y he de admitir que incluso yo me sorprendí. El largo silencio que acompañó a esa pregunta indicó que el resto de las personas presentes también vieron la situación con una preocupación repentina. Sin embargo, la idea era absurda, ya que el caballero en cuestión tenía un aura de lo más inocente.

—¿Que por qué no contesto? —respondió—. Pues porque si tenemos en cuenta mi apellido, mi estado de viajero solitario y el color de mi pelo, yo también he llegado a la misma conclusión y me han convencido de que deberían arrestarme.

Presentaba un aspecto algo extraño al vocalizar esas palabras. Sus finos labios estaban más cerrados que de costumbre y estaba totalmente pálido, también tenía los ojos inyectados en sangre. Evidentemente lo decía de broma, pero su aspecto y su actitud nos sorprendió de una forma muy extraña.

—Pero usted no tiene la herida, ¿no? —añadió miss Nelly, algo ingenua.

—Correcto —respondió—, no tengo la herida.

En ese momento se arremangó, se quitó el brazalete y nos enseñó el brazo. No obstante, a mí no me engañó su acción. Nos enseñó el brazo izquierdo y justo cuando estaba a punto de recriminarle eso, otro incidente desvió nuestra atención. Lady Jerland, la amiga de miss Nelly, vino corriendo hacia nosotros muy agitada y exclamó:

—¡Mis joyas, mis perlas! ¡Alguien se las ha llevado todas!

No, todas no. De eso nos dimos cuenta muy pronto. El ladrón solo se llevó una parte, lo cual era muy curioso. De los brillantes diamantes, los pendientes adornados, los brazaletes y los colgantes, el ladrón no se llevó las joyas más grandes, sino las de mayor valor y calidad. Los alhajeros yacían encima de la mesa. Ahí estaban, despojados de sus joyas, como unas flores a las que les habían arrancado de forma despiadada sus preciosos pétalos de colores. Este robo sucedió a plena luz del día y en un pasillo bastante frecuentado, seguramente mientras lady Jerland se estaba tomando el té. No solo eso, sino que además, el ladrón se vio obligado a forzar la cerradura del camarote, buscar el joyero (que estaba oculto en el fondo de una sombrerera), abrirlo, escoger el botín y sacarlo de los alhajeros correspondientes.

Evidentemente todos los pasajeros llegaron a la misma conclusión: fue obra de Arsenio Lobato.

Aquel día, los asientos a la derecha y a la izquierda de Rosales estaban libres y, durante la noche, se rumoreaba que el capitán lo arrestó. Esa información produjo una sensación general de seguridad y alivio. Ya podíamos volver a respirar. Aquella noche, continuamos con nuestros juegos y nuestros bailes. Miss Nelly en concreto mostraba un aura de inconsciente alegría que me convenció de que aunque las ocurrencias de Rosales le podrían haber resultado agradables desde un principio, ya las había olvidado. Su encanto y su buen humor me conquistaron por completo. Al llegar la medianoche, bajo una luna brillante, le declaré mi veneración con un ardor que no pareció disgustarle.

Sin embargo, al día siguiente, para la sorpresa de todo el mundo, Rosales estaba en libertad. Nos contaron que no habían pruebas suficientes en su contra. Tenía documentos que eran perfectamente normales y que demostraban que era el hijo de un comerciante adinerado de Logroño. Además, sus brazos no tenían ni una sola marca de ningún tipo de herida.

—¡Documentos! ¡Certificados de nacimiento! —exclamaban los enemigos de Rosales —, por supuesto, Arsenio Lobato les proporcionará todos los que necesiten. En cuanto a la herida, nunca la tuvo o ya está curada.

Después se demostró que, cuando sucedió el robo, Rosales estaba paseando por la cubierta. A lo que sus enemigos respondieron que un hombre como Arsenio Lobato podría cometer un crimen sin estar ahí presente siquiera. Y después, además de las otras circunstancias, quedaba un misterio que ni el más incrédulo podría responder: ¿Quién, excepto Rosales, viajaba solo, era rubio y su apellido empezaba por la R? ¿A quién apuntaba el telegrama si no se refería a Rosales?

Y cuando Rosales, unos minutos antes del desayuno, se acercó directamente a nuestro grupo, miss Nelly y lady Jerland se levantaron y se fueron.

Una hora después, un boletín escrito a mano se iba paseando de mano a mano por todos los marineros, auxiliares y pasajeros de todo tipo de clases. Anunciaba que el señor Luis Rosales ofrecería una recompensa de doscientas cincuenta mil pesetas a quien descubriera quién es Arsenio Lobato o la persona en posesión de las joyas robadas.

—Y si nadie me ayuda, yo mismo desenmascararé a ese sinvergüenza. —declaró Rosales.

Rosales contra Arsenio Lobato, o más bien, viendo cómo están las opiniones ahora mismo, el propio Arsenio Lobato contra Arsenio Lobato. La premisa era muy interesante.

No pasó nada los dos días siguientes. Vimos a Rosales deambulando noche y día, buscando, interrogando, investigando… El capitán también mostró un comportamiento digno de elogio. Él fue el responsable de que se examinara el barco de cabo a rabo, se registraron todos los camarotes bajo la plausible teoría de que las joyas podrían estar ocultas en cualquier lado, menos en el camarote del propio ladrón.

—Imagino que pronto encontrarán algo —comentó miss Nelly—. Puede que sea un genio, pero no puede hacer que desaparezcan los diamantes robados con el poder de su lámpara.

—Toda la razón —respondí—. Aunque para encontrar algo deberían examinar minuciosamente hasta el forro de nuestros sombreros y chalecos… o sea, todo lo que llevamos encima.

Saqué mi cámara Kodak de 9x12, con la que le había tomado ya algunas fotos en diferentes poses, y añadí:

—Incluso en un artilugio no necesariamente más grande que este, se podrían esconder todas las joyas de lady Jerland. Lobato podría fingir que está sacando fotos y nadie sospecharía ni lo más mínimo.

—Pero… he oído decir que todo ladrón deja alguna pista tras de sí.

—Puede que esa sea la norma —dije—, pero Arsenio Lobato es la excepción que la confirma.

—¿Y eso?

—Pues porque se centra no solo en el robo, sino también en todas las circunstancias que lo rodean y que podrían dar algún indicio sobre su identidad.

—Hace unos días te veía más confiado.

—Y lo estaba. Pero es que, desde entonces, he visto cómo actúa.

—¿Qué piensas ahora, entonces? —preguntó curiosa.

—Desde mi humilde punto de vista, creo que estamos perdiendo el tiempo.

De hecho, la investigación no dio fruto. Pero, mientras tanto, alguien le robó el reloj al capitán. Decir que estaba furioso se queda corto. Aceleró la investigación y vigiló a Rosales incluso más de cerca que antes, pero al día siguiente, el reloj apareció en el joyero del segundo oficial.

Este incidente asombró a pasajeros y tripulación, y también mostró el lado más jocoso de Arsenio Lobato… era ladrón y bufón a partes iguales. Visto lo visto, le gustaba mezclar negocios con placer. Nos recordó al escritor que casi murió de un ataque de risa provocado por su propia obra. Sin duda, era un artista en su peculiar área de trabajo. Incluso sentí admiración por Rosales, que se mostraba tan reservado y taciturno, pero solo estaba interpretando un papel, como una doble personalidad.

A la tarde siguiente, el oficial que estaba de turno en la cubierta escuchó unos gruñidos que provenían de la esquina más recóndita del barco. Se acercó y vio a un hombre ahí tirado, con la cabeza envuelta en una bufanda gris y las manos atadas con una cuerda bien gruesa. Era Rosales. Le habían agredido, tirado al suelo y robado. Una tarjeta enganchada en su chaqueta leía: «Arsenio Lobato acepta con gusto las doscientas cincuenta mil pesetas que ofrece el señor Rosales». Que conste que la cartera robada contenía quinientas mil pesetas.

Como era de esperar, algunos acusaron al pobre hombre de haber fingido el ataque para librarse de las especulaciones. Pero, además del hecho de que es físicamente imposible que se hubiera maniatado de la manera en la que estaba, se comprobó que la letra de la tarjeta era muy distinta a la de Rosales. De hecho, se asemejaba a la de Arsenio Lobato, que estaba reproducida en un antiguo periódico que encontraron a bordo.

Así, se demostró que Rosales no era Lobato, sino que simplemente era Rosales, hijo de un mercader logroñés. También afirmó de nuevo la ineludible presencia de Arsenio Lobato a bordo, de la manera más dramática.

Tal era la tensión entre los pasajeros que ninguno se atrevía a quedarse solo en su camarote o pasear a solas por las partes menos frecuentadas del navío. Nos aferramos los unos a los otros por seguridad, aunque incluso los conocidos más íntimos se veían envueltos en un aura de desconfianza. Ahora, Arsenio Lobato podía ser todos y cada uno de nosotros. Estábamos tan metidos en el asunto que empezábamos a atribuirle poder ilimitado y milagroso, incluso le veíamos capaz de ocultarse tras los disfraces más inesperados. Podría ser el respetadísimo alcalde Rawson, el noble marqués de Rabadán o hasta la persona más cercana a nosotros con su mujer, hijos y sirvientes, pues ya no nos limitábamos a señalar a aquellos cuyo apellido comenzaba por R.

Los primeros telegramas que llegaron desde tierras americanas no traían novedades, o al menos el capitán no nos comunicó nada, y esto no ayudó a calmar el ambiente.

El último día en el barco parecía interminable. Estábamos en un estado constante de miedo a la espera de un desastre. Esta vez no sería un robo o un pequeño ataque (dentro de lo que cabe), sino que sería un crimen con todas las letras: un asesinato. Nadie esperaba que Arsenio Lobato se fuera a limitar a esas dos leves ofensas, pues ahora tenía el dominio del barco. Las autoridades no podían hacer nada, así que era libre de actuar como quisiera… nuestras vidas y objetos personales estaban a su merced.

A pesar de todo, esas angustiosas horas fueron de lo más encantadoras para mí, pues sirvieron para afianzar la confianza de miss Nelly. Sumando lo tan afectada que estaba por los sucesos que habían acaecido esos días con su naturaleza nerviosa, el resultado fue que buscó protección en mí y mentiría si dijera que no estaba encantado de proporcionársela. Muy en mis adentros se lo agradecí a Lobato, quizá sin él Nelly nunca se habría acercado tanto a mí, pero ahora puedo permitirme soñar con amor y felicidad… sueños a los que, por lo que parece, miss Nelly no es reacia. El brillo de sus ojos era mi inspiración y la suavidad de su voz, mi esperanza.

Cuando nos aproximábamos a costas americanas, parecía que habían abandonado la búsqueda del ladrón. Estábamos todos esperando impacientes el momento en el que la verdad saliera a la luz. ¿Quién era Arsenio Lobato? ¿Qué nombre y personalidad era su tapadera? Finalmente llegó el momento que tanto ansiábamos. Podría vivir cientos de años y nunca olvidaría ni el menor de los detalles de toda la situación.

—Está pálida, miss Nelly —dije a mi acompañante mientras se apoyaba en mi brazo, casi desmayada.

—¡Y usted! —respondió—. Es como si fuera otro…

—Véalo así: este es un momento muy emocionante y estoy encantado de pasarlo con usted, miss Nelly. Espero que en el futuro, eche la vista atrás…

Parecía que no me escuchaba con lo nerviosa y emocionada que estaba. La pasarela estaba colocada pero, antes de poder usarla, los agentes de aduana subieron a bordo. Miss Nelly murmuró:

—No me sorprendería si ahora dijeran que Arsenio Lobato escapó del barco durante el viaje.

—Quizá prefería la muerte a la deshonra y se lanzó al Atlántico para que no le puedan arrestar.

—Venga, no te rías —dijo.

No pude contener la risa, pero en respuesta dije:

—¿Ve a ese viejecito que está al fondo de la pasarela?

—¿El del paraguas y la chaqueta color verde militar?

—El mismo. Es Anaya.

—¿Anaya?

—Sí. ¿No sabes quién es? Es ese inspector de policía tan famoso que juró atrapar a Lobato. Ahora entiendo por qué nunca recibimos noticias de este lado del Atlántico… ¡Anaya estaba manos a la obra! Y si hay algo que le gusta en su trabajo es la discreción.

—¿Cree que arrestará a Arsenio Lobato?”

—¿Quién sabe? Siempre puedes esperar lo inesperado si Lobato está de por medio.

—¡Anda! —exclamó, con ese tono tan peculiar de curiosidad y morbo que tienen las mujeres—. Me encantaría ver cómo le arrestan.

—Ha de ser paciente. Sin duda, Lobato ya habrá visto a su enemigo en la pasarela, así que no tendrá ninguna prisa para abandonar el barco.

Todos los pasajeros estaban ya desembarcando. Apoyado en su paraguas y con aires de indiferencia, parecía que Anaya no prestaba atención a la muchedumbre que se apresuraba por la pasarela. El marqués de Rabadán, el alcalde Rawson, el italiano Rivolta y muchos otros ya habían salido del barco antes de que Rosales apareciera. ¡Pobrecillo!

—Quizá, a pesar de todo, es él —me dijo miss Nelly—. ¿Qué opina?

—Creo que sería increíble tener a Anaya y Rosales en la misma imagen. Coja la cámara, yo voy tan cargado que no tengo manos.

Le di la cámara, pero no le dio tiempo a hacer la foto. Rosales ya había pasado de largo del inspector. Un agente americano que estaba detrás de Anaya, se acercó y le susurró algo al oído. El inspector se encogió de hombros y dejó pasar a Rosales. Dios Santo, entonces, ¿quién era Arsenio Lobato?

—Sí… —dijo miss Nelly en voz alta—. ¿Quién podría ser?

Ya no quedaban más de veinte personas a bordo. Les analizó uno a uno, temiendo que Arsenio Lobato no estuviera entre ellos.

—No podemos esperar mucho más —le dije.

Empezó a andar hacia la pasarela y le seguí. Pero no habíamos dado ni diez pasos cuando Anaya nos cortó el paso.

—Pero bueno, ¿qué ocurre? —exclamé.

—Un momento, señor. ¿Tiene prisa?

—Acompaño a la dama.

—Un momento —repitió en un tono autoritario. Después, me miró a los ojos y dijo—. Arsenio Lobato, ¿cierto?

Me reí y dije:

—No. Soy Bernardo Alcántara.

—Bernardo Alcántara murió en Macedonia hace tres años.

—Si Bernardo Alcántara estuviera muerto, yo no estaría aquí. Se equivoca, mire mis papeles.

—No son suyos, sino de él. Y puedo decirle paso por paso cómo consiguió tenerlos en su poder.

—¡Como puede ser tan terco! —exclamé— Arsenio Lobato se esconde bajo un pseudónimo que comienza por R.

—Ya, claro… ese solo es otro de sus trucos, un señuelo con el que engañó a todos en Bilbao. Joven, por muy astuto que sea, la suerte no está de su parte esta vez.

Por un momento me quedé en blanco… y entonces me dio un fuerte golpe en el brazo derecho que me hizo exclamar un grito de dolor. Me dio en la herida, aún sin sanar, a la que se referían en el telegrama.

No tuve otra que entregarme. No había alternativa posible. Miré a miss Nelly, que había escuchado toda la conversación. Cruzamos miradas y entonces, se fijó en la Kodak que le había dado unos minutos atrás e hizo un gesto que me dio a entender que lo había comprendido todo. Porque sí, entre diminutos pliegues de cuero negro del centro de ese pequeño objeto que le di cautamente antes de que Anaya me arrestara, se escondían las quinientas mil pesetas de Rosales y las perlas y diamantes de lady Jerland.

¡Oh! Juro por lo que más quiera que, en ese preciso instante, mientras estaba entre manos de Anaya y sus asistentes, todo me era indiferente: el arresto, la hostilidad de las personas… todo, excepto una pregunta que me rondaba la cabeza. ¿Que iba a hacer miss Nelly con las cosas que le encasqueté?

No tenía nada que temer, pues no había pruebas materiales y concluyentes, pero… ¿Proporcionaría esas pruebas miss Nelly? ¿Me traicionaría así? ¿Interpretaría el papel de un enemigo incapaz de perdonar o el de una mujer cuyo desdén se vería suavizado por los sentimientos de indulgencia y simpatía involuntaria?

Pasó por delante de mí. No dije nada, pero por dentro hice una reverencia. Se fundió con la multitud y avanzó hacia la pasarela con mi Kodak en la mano. Pensé que no se atrevería a exponerme en público, pero quizá sí en un lugar más privado. No obstante, cuando solo había andado un par de metros a través de la pasarela, hizo un torpe movimiento y dejó caer la cámara al agua que había entre el navío y el muelle. Luego procedió con su camino y poco a poco se perdió entre la muchedumbre. En ese momento, salió de mi vida para siempre.

Por un momento me quedé de piedra. Entonces, para sorpresa de Anaya, murmuré:

—¡Qué pena no ser hombre honesto!

Tal es la historia de su arresto como me la narró el mismísimo Arsenio Lobato Ciertos incidentes, de los que quizá debería dejar constancia por escrito más adelante, han formado entre nosotros una relación… ¿de amistad, podría decir? Sí, me atrevería a decir que Arsenio Lobato me considera su amigo, y es por esa amistad que de vez en cuando me llama y revuelve el silencio de mi biblioteca con su espíritu juvenil, su gran entusiasmo y la alegría de un hombre para quien el destino no tiene más que sorpresas y sonrisas.

¿Su imagen? ¿Cómo le describiría? Le habré visto como veinte veces y cada una de ellas era una persona diferente. Incluso el mismo me dijo una vez: «Ya no sé quién soy, me miro en el espejo y no me reconozco». Era, sin lugar a duda, un gran actor y poseía una grandiosa capacidad para caracterizarse. Con el más mínimo de los esfuerzos podía adoptar la voz, gestos y peculiaridades de otra persona.

—¿Por qué? —dijo—, ¿por qué debería limitarme a una sola forma y característica? ¿Por qué no evitar el peligro de un personaje que siempre es igual? Mis acciones serán las que me identifiquen.

Y entonces añadió, con cierto orgullo en su voz:

—Es mucho mejor que nadie nunca pueda decir de manera totalmente segura «¡ahí está Arsenio Lobato!». Lo más esencial es que el público pueda ver mi trabajo y afirmar, sin miedo a equivocarse, «¡esto es obra de Arsenio Lobato!».