Las extraordinarias aventuras de Arsène Lupin,
el afable ladrón

De Maurice Leblanc

SS La Champagne https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/ss-la-champagne/

Traducción del francés de George Morehead

Clerkenwell Tunnel https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/clerkenwell-tunnel/

Proyecto Gutenberg: eBook de “Las extraordinarias aventuras de Arsène Lupin, el afable ladrón”.

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Título: The Extraordinary Adventures of Arsène Lupin, Gentleman-Burglar
Autor: Maurice Leblanc
Fecha de publicación: 1 de julio de 2004 [eBook #6133]
Última actualización: 8 de abril de 2023
Idioma: Inglés
Créditos: Nathan J. Miller and David Widger

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Arsène Lupin: bajo arresto

¿Cómo un viaje tan prometedor tuvo un desenlace tan extraño?

Me encontraba a bordo del trasatlántico La Provence, un barco cómodo, rápido y dirigido por uno de los hombres más cordiales. Los pasajeros estaban conformados por gente educada, una pequeña sociedad encantadora en la cual se forjaban nuevas amistades e improvisaban diversas actividades para pasar el tiempo. La sensación de estar separados del resto del mundo, aislados en una isla desconocida donde no se podía eludir el socializar, era agradable.

Cuánta originalidad y espontaneidad se puede hallar en un grupo de personas que, si bien eran meros desconocidos la noche anterior, ahora estaban condenados a compartir con otros, durante varios días, momentos íntimos. Juntos desafían la ira del océano, la brutalidad de las olas, el ímpetu de la tormenta y la agonizante monotonía propia del agua aletargada.

Tal vida se asemeja a un relato trágico, con sus altos y bajos, su monotonía y su diversidad. Quizás es por eso que sentimos una mezcla de emoción y temor al embarcarnos en este corto viaje, en el cual percibimos el final desde su inicio.

Sin embargo, desde hace ya varios años, la presencia de un cierto objeto añade más emoción a la travesía. La pequeña isla, que antes era independiente del mundo, ahora se encontraba conectada a él por un lazo que subsiste a pesar de la inmensidad del océano: ¡El telégrafo inalámbrico! A través del cual recibimos noticias del otro lado del mundo de una manera casi mágica. Es obvio que el mensaje no viaja por un alambre, no. De hecho, el misterio reside en algo enigmático, incluso poético; un milagro que solo las alas del viento pueden explicar.

Durante el primer día del viaje, sentimos que esa voz distante nos acompañaba, escoltaba e incluso nos precedía; de vez en cuando, susurraba mensajes del mundo lejano. Dos amigos me hablaron. Otros diez o veinte nos enviaron a todos, a través del espacio, despedidas que iban de felices a tristes.

Fue en el segundo día, a quinientas millas de las costas francesas, en plena tormenta del ocaso, que el telégrafo inalámbrico recibió un mensaje:

«Arsène Lupin a bordo: primera clase, cabello rubio, herida en el antebrazo derecho, viaja solo, lleva por nombre R…».

En ese preciso momento, un violento trueno cubrió el cielo tempestuoso, lo que ocasionó la interrupción de las ondas eléctricas. El mensaje quedó incompleto. Lo único que se sabía sobre la identidad encubierta de Arsène Lupin era la inicial de su nombre, una sola letra.

Creo que, si la noticia hubiera sido otra, el secreto se lo habrían guardado el comisario, el comandante y los empleados del puesto telegráfico. Sin embargo, se trataba de un evento orquestado, capaz de burlar hasta la más rigurosa discreción. Nadie supo cómo se dispersó la noticia, pero ese mismo día, toda la tripulación ya estaba al tanto de que el famoso Arsène Lupin se escondía entre nosotros.

Así es, ¡el mismísimo Arsène Lupin entre nosotros! Aquel ladrón escurridizo cuyas proezas han sido registradas en los periódicos para la posteridad. ¡El enigmático rival de nuestro mejor detective, Ganimard, con quien se batió en un legendario duelo a muerte, inolvidable por el pintoresco desarrollo de sus peripecias!

Arsène Lupin, un caballero estrafalario que solo opera en castillos y salones, y quien, una noche, se escabulló en la residencia del barón Schormann solo para salir con las manos vacías. Sin embargo, dejó una carta adornada con un mensaje: «Arsène Lupin, afable ladrón, regresará cuando los muebles sean auténticos». Arsène Lupin, hombre de mil caras: chofer, detective, corredor de apuestas, médico ruso, torero, comerciante marsellés, hijo de familia, anciano.

Consideren lo increíble de la situación: Arsène Lupin deambulaba por el comedor, la sala de música, el área para fumadores, ¡podíamos encontrárnoslo en cualquier momento! Poco importaba el restringido espacio del trasatlántico. ¿Cómo saber con seguridad si Arsène Lupin era el caballero de aquí, el de allá, mi vecino de mesa o mi compañero de camarote?

―¿Tendremos que soportar la angustia durante cinco días? ―exclamó la señorita Nelly Underdown la mañana siguiente―. ¡Es inaudito! Espero que lo arresten pronto.

Luego, se dirigió a mí.

―¿Y bien, monsieur D’Andrézy? Se lleva bien con el comandante, ¿no? Algo debe saber.

¡Me habría gustado saber algo, cualquier cosa, para complacer a la señorita Nelly! Era una de esas magníficas criaturas que, sin importar el lugar, siempre acaparan el centro de atención. La belleza y la fortuna son cualidades irresistibles, y Nelly, quien poseía ambas, era deslumbrante.

Nelly se crio en París con su madre francesa. Ahora, iba camino a reunirse con su padre Underdown, el millonario de Chicago. Lady Jerland, una de sus amigas, la acompañaba.

Me presenté para cortejarla desde el inicio, pero, dada la creciente intimidad generada durante el viaje, pronto descubrí que su carisma me había cautivado más de lo que creí. A tal grado que ya no era posible catalogar mis sentimientos como un simple coqueteo. En cierto modo, ella también correspondía mis atenciones: se reía de mis ocurrencias y mostraba interés en mis anécdotas. Sin embargo, tenía un solo rival, el cual me inquietaba un poco. Se trataba de un joven apuesto, elegante y de gustos refinados. Nelly se veía más interesada por su humor taciturno que por mi comportamiento poco parisino.

Él formaba parte del círculo de admiradores que rodeaban a la señorita Nelly cuando ella me cuestionó sobre mi relación con el comandante. Nos encontrábamos descansando en las sillas de playa. La tormenta de la tarde anterior había despejado el cielo. Era un día agradable.

―No sé nada en concreto, Mademoiselle ―le respondí―. Pero ¿no cree que nosotros mismos podríamos resolver el misterio tan bien como Ganimard, el enemigo personal de Arsène Lupin?

―¡Cielos! Se está adelantando a los hechos, monsieur D’Andrézy.

―Para nada, Mademoiselle. Para empezar, permítame preguntarle, ¿considera que el problema es complicado?

―Bastante.

―¿Ya olvidó que contamos con los elementos clave para resolverlo?

―¿Y cuáles son?

―En primer lugar, la identidad de Lupin es monsieur “R”.

―No es información tan precisa.

—En segundo lugar, viaja solo.

—¿Eso es relevante? —respondió.

—En tercer lugar, es rubio.

—¿Y?

—Basta con leer a detalle la lista de pasajeros y proceder a descartarlos.

Tenía la lista en mi bolsillo. La saqué y le eché un vistazo. Hice una observación:

—Solo hay trece hombres en la lista de pasajeros cuyos nombres comienzan con la letra “R”.

—¿Solo trece?

—Sí, en primera clase. De esos trece, hay nueve que están acompañados por mujeres, niños o empleados. Eso nos deja a cuatro que viajan solos. Primero, el marqués de Raverdan.

—Es el asistente del embajador de Estados Unidos —interrumpió la señorita Nelly. —Lo conozco.

—El comandante Rawson —continué.

—Es mi tío —dijo alguien.

—Monsieur Rivolta.

—¡Aquí! —exclamó un italiano, cuyo rostro se encontraba oculto tras una barba negra.

—Apenas y se puede decir que el caballero es rubio —dijo la señorita Nelly después de soltar una carcajada.

—Muy bien —dije—. En conclusión, el culpable se encuentra al final de la lista.

—¿Cómo se llama?

—Monsieur Rozaine. ¿Alguien lo conoce?

Nadie respondió. Sin embargo, la señorita Nelly volteó a ver al joven taciturno, cuyas atenciones hacia ella me habían molestado.

—Bueno, monsieur Rozaine, ¿por qué no responde? —preguntó la señorita Nelly.

Todas las miradas estaban puestas en él. Era rubio. Debo confesar que la situación me sorprendió. El silencio profundo que se hizo presente tras su pregunta indicó que los demás presenciaban la situación con un sentimiento de alerta repentina. Sin embargo, la idea era absurda, porque el caballero en cuestión tenía un aspecto de perfecta inocencia.

—¿Que por qué no respondo? —dijo—. Porque al considerar mi nombre, mi posición como viajero solitario y el color de mi cabello, llegué a la misma conclusión que ustedes. Creo que deberían arrestarme.

Mantenía una apariencia extraña mientras pronunciaba esas palabras. Sus finos labios estaban más apretados que de costumbre; su rostro, horriblemente pálido; mientras que sus ojos, irritados. Claro que estaba bromeando, pero su apariencia y actitud nos dejaron impresionados.

—¿No tiene la herida? —preguntó la señorita Nelly, de manera ingenua.

—Es verdad —respondió—. Me falta la herida.

Entonces se descubrió el brazo y se quitó el brazalete. Pero no logró engañarme. Nos mostró su brazo izquierdo, y estaba por comentar el hecho, cuando otro incidente llamó nuestra atención. Lady Jerland, la amiga de la señorita Nelly, corrió hacia nosotros con gran agitación.

—¡Mis joyas, mis perlas! ¡Alguien las robó! —exclamó lady Jerland.

No, pronto descubrimos que no se habían llevado todas. El ladrón se había llevado solo parte de ellas, lo que resultó muy curioso. De los diamantes, pendientes, brazaletes y collares, el ladrón tomó, no los más grandes, sino los más finos con las piedras más valiosas. Los engarces de las joyas estaban sobre la mesa. Los vi ahí, despojados de sus joyas, eran como flores, cuyos hermosos y coloridos pétalos fueron despiadadamente arrancados. El ladrón debió haber perpetrado el crimen mientras lady Jerland tomaba el té, a plena luz del día, en un camarote de lujo que da a un pasillo muy frecuentado. Además, el ladrón se vio obligado a forzar la puerta para entrar al camarote, buscar el joyero, el cual estaba escondido al fondo de la sombrerera, abrirlo, escoger su botín y sacarlas de sus engarces.

Por supuesto que todos los pasajeros llegaron a la misma conclusión: era obra de Arsène Lupin.

Ese día, en la mesa, los asientos a la izquierda y derecha de Rozaine se quedaron vacíos; y, durante la noche, se rumoreó que el capitán lo puso bajo arresto, lo que resultó en un sentimiento de seguridad y alivio. Respiramos una vez más. Esa noche, retomamos los juegos y bailes. La señorita Nelly, en especial, desprendía un espíritu de regocijo desconsiderado, el cual me convenció de que, si las atenciones de Rozaine le habían parecido agradables al principio, ya las había olvidado. Su encanto y buen humor me conquistaron. A medianoche, bajo la luz de la luna, le declaré mi devoción con una pasión que al parecer no le molestó.

Pero al día siguiente, para nuestra sorpresa, Rozaine fue puesto en libertad. Descubrimos que la evidencia en su contra no era suficiente. Presentó documentos oficiales que demostraban que era hijo de un comerciante adinerado de Bordeaux. Además, sus brazos no tenían ni el más mínimo rastro de una herida.

—¡Documentos! ¡Actas de nacimiento! —exclamaron los enemigos de Rozaine—. Por supuesto que Arsène Lupin proporcionará todos los papeles que quieras. Y de la herida, o nunca la tuvo, o se la quitó.

Después se comprobó que, al momento del robo, Rozaine estaba paseando por la cubierta. Sin embargo, sus enemigos respondieron que un hombre como Arsène Lupin pudo cometer un crimen sin haber estado presente.

Cuando Rozaine, minutos antes del desayuno, se acercó con osadía a nuestro grupo, tanto la señorita Nelly como lady Jerland se levantaron y se marcharon.

Una hora después, una circular manuscrita pasó de mano en mano por todos los marineros, camareros y pasajeros de todas las clases. Anunciaba que Monsieur Louis Rozaine ofrecía una recompensa de diez mil francos a quien hallara a Arsène Lupin o a cualquier otra persona que tuviera en su posesión las joyas robadas.

—Y si nadie me ayuda, yo mismo desenmascararé al sinvergüenza —declaró Rozaine.

Rozaine contra Arsène Lupin, o más bien, de acuerdo con la opinión actual, Arsène Lupin contra el mismo Arsène Lupin. El concurso prometía ser algo interesante.

Nada pasó dentro de los dos días siguientes. Vimos a Rozaine deambular día y noche, buscar, preguntar, investigar. El capitán, asimismo, mostró acciones encomiables. Hizo que investigaran el navío de pies a cabeza, que registraran cada camarote bajo la verosímil teoría de que las joyas estarían escondidas en cualquier parte, menos en el camarote del ladrón.

—Supongo que encontrarán algo pronto —me dijo la señorita Nelly—. Tal vez sea un mago, pero no hará que los diamantes y las perlas sean invisibles.

—Ciertamente — respondí—. Sin embargo, él debería inspeccionar el revestimiento de nuestros sombreros, trajes y todo aquello que llevamos con nosotros —entonces, exhibí mi Kodak 9x12, la cual he estado utilizando para fotografiarla en distintas poses—. En un aparato no más grande que este, una persona escondería todas las joyas de lady Jerland, pretendería tomar fotografías y nadie sospecharía de su plan —añadí.

—Pero he escuchado que todo ladrón deja alguna pista.

—Casi siempre es verdad — contesté—, solo que hay una excepción cuando se trata de Arsène Lupin.

—¿Por qué?

—Porque él no solo analiza el acto de hurtar, sino también todo posible rastro hacia su identidad.

—Hace unos días usted ya parecía tener la respuesta del caso.

—Y creí tenerla, pero aún no lo había visto en acción.

—¿Y ahora qué piensa al respecto? —preguntó.

—Considero que no vamos a ningún lado.

Estaba claro que la investigación no había tenido éxito, pues el reloj del capitán desapareció. Estaba furioso, así que duplicó su esfuerzo y vigiló con más atención a Rozaine. Al día siguiente, encontraron el reloj en el joyero del segundo oficial.

El incidente provocó un gran impacto y exhibió el lado humorístico de Arsène Lupin. Por más ladrón que fuera, también era un diletante. Mezclaba el trabajo con el placer. Nos hizo recordar a un autor que estuvo a punto de morir de un ataque de risa ocasionado por su propia interpretación. En efecto, era un artista en su área de trabajo. Así que, tras observar al sombrío y reservado Rozaine, pensé en los roles que estaba representando y lo reconocí con cierto grado de admiración.

La noche siguiente, el oficial en turno escuchó gruñidos que provenían del rincón más oscuro del navío. Se aproximó y encontró a un hombre acostado, con la cabeza envuelta en una bufanda gruesa de color gris y las manos atadas con una cuerda resistente. Era Rozaine, a quien atacaron, robaron y dejaron tendido. Una tarjeta sujetada a su abrigo contenía las siguientes palabras: «Arsène Lupin acepta con júbilo los diez mil francos del monsieur Rozaine». En realidad, dentro de la billetera robada había veinte mil francos.

Como era de esperarse, muchos acusaron al desafortunado hombrecillo de haber fingido un ataque contra su persona. Algo sí estaba claro: él solo no pudo atarse de tal manera. Por si fuera poco, encontramos un antiguo periódico a bordo en el que se publicó la escritura del mismísimo Arsène Lupin. Las grafías que se encontraban en la tarjeta hallada en la escena del crimen no coincidían con las de Rozaine, pero sí con las que publicó dicho periódico.

Todo parecía indicar que Rozaine no era más que Rozaine, el hijo de un mercader de Bordeaux; y, de nuevo, se afirmaba la presencia a bordo de Arsène Lupin de una manera alarmante.

Tal era el terror de los pasajeros que ninguno permanecíamos solos en nuestros respectivos camarotes, mucho menos nos paseábamos en los lugares más solitarios del trasatlántico. Nos mantuvimos juntos para sentirnos a salvo, pero, al mismo tiempo, era como si se formara un abismo de desconfianza, incluso entre las amistades más cercanas. En este punto, Arsène Lupin podía ser cualquiera de nosotros. Considerábamos que poseía un poder extraordinario e ilimitado debido a nuestra sobreexcitada imaginación. Para nosotros, hasta el disfraz más inesperado era posible: desde el comandante Rawson, hasta el noble marqués de Raverdan. Pero no nos detuvimos ahí, pues la inicial “R” había dejado de ser una limitante. Arsène Lupin podría ser esta persona, o aquella que era tan bien conocida; podría tener esposa, descendientes e incluso sirvientes.

Los primeros mensajes del telégrafo no comunicaron ninguna novedad; o al menos, el capitán no nos dijo nada al respecto. El silencio era inquietante.

Parecía que nuestro último día en el trasatlántico no tenía fin. El temor de que una desgracia ocurriera nos consumía. El crimen consecuente podría tratarse de algo más grave que un simple atraco o una leve agresión: sería un asesinato. No creíamos que a Arsène Lupin le bastara con hurtos insignificantes. Ante la impotencia de las autoridades, se había convertido en el dueño del navío. Ya no existían los límites. Estábamos a su merced.

En cuanto a mí, no podía estar más encantado. La situación me otorgó la oportunidad de ganarme la confianza de la señorita Nelly. Estaba feliz de ofrecerle un lugar donde pudiera refugiarse de los alarmantes acontecimientos que la inquietaban, dada su personalidad ansiosa.

«Bendito sea Arsène Lupin», pensé. Después de todo, ¿no fue el deseo de atraparlo la causa que nos unió? ¿No fue gracias a él que ahora podía soñar con estos momentos de felicidad y amor? Y quizás no era tan rebuscado de mi parte pensar que a la señorita Nelly no le desagradaban mis sueños románticos, no tan quiméricos. Su mirada los consentía; su dulce voz me daba esperanzas.

Al tiempo que nos acercábamos a tierra estadounidense, la búsqueda del ladrón aparentemente quedó abandonada, y estábamos esperando con ansias el clímax en el que se explicara el misterioso enigma. ¿Quién era Arsène Lupin? ¿Con qué nombre se presentaría? ¿Bajo qué disfraz se estaba ocultando? Y, al fin, el clímax llegó. Si logro vivir cien años, quiero recordarlo a detalle.

―Qué pálida está, señorita Nelly ―le dije a mi acompañante mientras se apoyaba en mi brazo, al borde del desmayo.

―¡¿Y usted?! ―respondió―. ¡Ah, qué cambiado está!

―¡Pues claro! Es el momento más emocionante, y estoy encantado de compartirlo a su lado, señorita Nelly. Espero que jamás lo olvide.

Pero ella no estaba escuchando. Estaba nerviosa y emocionada. La plancha estaba puesta, pero, antes de que pudiéramos usarla, unos oficiales uniformados abordaron.

―No me sorprendería que Arsène Lupin hubiera escapado del navío durante el viaje ―murmuró la señorita Nelly.

―Tal vez preferiría la muerte a la deshonra; arrojarse al trasatlántico antes que ser arrestado.

―Oh, no se ría ―dijo.

―¿Ve al hombrecillo que está parado a los pies de la plancha? ―dije en respuesta a su comentario.

―¿Aquel del paraguas con un abrigo verde oliva?

―Es Ganimard.

―¿Ganimard?

―Sí, el célebre detective que ha jurado capturar a Arsène Lupin. ¡Ah! Ahora entiendo por qué no habíamos recibido noticias de este lado del trasatlántico. ¡Ganimard estaba aquí! Siempre mantiene sus asuntos en secreto.

―¿Y cree que lo arreste?

―Uno nunca sabe. Siempre sucede lo inesperado cuando se trata de Arsène Lupin.

―¿Ah, sí? ―exclamó con una macabra curiosidad que es típica entre las mujeres―. Sería maravilloso verlo tras las rejas.

―Va a tener que ser paciente. En el caso de que Arsène Lupin ya haya notado la presencia de su enemigo, lo cual no sería una sorpresa, no tendrá prisa por abandonar el trasatlántico.

Cuando los pasajeros comenzaron a descender, observé que el inspector Ganimard mantenía un aire de despreocupada indiferencia para fingir que, por muy apresurados que caminaran, no les prestaba atención.

El marqués de Raverdan, el comandante Rawson, Rivolta, entre muchos otros, descendieron antes de que apareciera Rozaine. ¡Pobrecillo!

―¿Y si sí era él? ―me preguntó la señorita Nelly―. ¿Qué opina?

―Opino que sería bastante interesante tener a Ganimard y a Rozaine en la misma fotografía. Sujete la cámara. No puedo tomarla yo entre tantas cosas que llevo.

Para cuando se la entregué, ya era demasiado tarde, pues Rozaine pasó de largo al inspector. Un policía estadounidense que se encontraba detrás de Ganimard le susurró algo al oído; sin embargo, él solo encogió los hombros al verlo alejarse. Cielo santo, ¿entonces quién era Arsène Lupin?

―Entonces ―comentó la señorita Nelly en voz alta―, ¿quién será?

Quedaban veinte personas o menos a bordo. Las analizó una por una con terror de no identificar a Arsène Lupin entre ellas.

―Es momento de retirarnos ―afirmé.

Comenzó a caminar por la plancha y la seguí. No habíamos dado ni diez pasos cuando Ganimard se cruzó en nuestro camino.

―¿Sucede algo? ―pregunté.

―Alto ahí. ¿A dónde van con tanta prisa, Monsieur?

―Solo acompaño a Madeimoselle.

―Dije “alto” ―soltó en tono autoritario antes de mirarme directo a los ojos―. ¿O no me escuchó, Arsène Lupin?

Reí antes de responder.

―Me confunde. Mi nombre es Bernard D’Andrézy.

―Bernard D’Andrézy falleció hace tres años en Macedonia.

―Se equivoca. Si estuviera muerto, no estaría aquí. Aquí tiene mis documentos.

―En efecto, son de él, y puedo decirle exactamente la manera en la que llegaron a sus manos.

―¡¿Se está escuchando?! ―exclamé―. Arsène Lupin subió a bordo bajo un nombre cuya inicial es “R”.

―Uno más de sus trucos. No era más que una pista falsa para confundir a la gente en Havre. Fue una buena jugada, querido, pero me temo que la suerte ya no está de su lado.

Dudé por un momento. Entonces me golpeó con fuerza en el brazo derecho. Un grito de dolor escapó de mis labios, pues me dio justo en la herida abierta de la que hablaba el telegrama.

Me obligaron a entregarme. Ya no había escapatoria. Me giré para encarar a la señorita Nelly, quien escuchó todo lo ocurrido. Cuando nuestras miradas se encontraron, apartó los ojos para encontrar la Kodak que yacía entre sus manos. Su expresión me dejó en claro que ahora lo entendía todo. Es correcto, ahí, entre los pliegues de piel, justo en el centro del pequeño objeto que de manera premeditada le entregué antes de que Ganimard me arrestara, yacían los veinte mil francos de Rozaine junto con las perlas y diamantes de Lady Jerland.

¡Ah! Juro por Dios que, en aquel momento tan solemne, cuando estaba bajo el agarre de Ganimard y sus dos asistentes, poco me importaba mi arresto, la hostilidad de la gente, todo menos una sola pregunta: ¿Qué haría la señorita Nelly con los objetos que le había confiado?

Sin tal prueba tan contundente, yo no tenía nada que temer; pero ¿la señorita Nelly la entregaría? ¿Me traicionaría? ¿Actuaría como un enemigo incapaz de perdonar o como una mujer cuyo desprecio se ve nublado por los sentimientos de indulgencia y simpatía involuntaria?

Pasó frente a mí. No dije una sola palabra, pero bajé la cabeza aún más de lo que ya la tenía. Se mezcló entre el resto de los pasajeros. Avanzó con la Kodak en su mano. Por un momento pensé que no se atrevería a exhibirme en público, pero sí lo haría en privado. Sin embargo, unos pasos más adelante del final de la plancha de descenso, tras fingir torpeza, dejó caer la cámara entre el embarcadero y el navío. Posteriormente, se alejó por el muelle y con rapidez se perdió de vista entre la multitud. Así desapareció de mi vida para siempre.

Durante unos minutos me quedé inexpresivo.

―¡Es una pena que no sea un hombre honesto! ―declaré en un susurro que sorprendió a Ganimard.

Así concluyó su relato Arsène Lupin cuando él mismo me lo contó. Tras varios relatos más, que posteriormente redactaré, se creó entre nosotros cierto vínculo de… ¿Tal vez, amistad? Sí, me atrevo a decir que Arsène Lupin me honra con su amistad y, debido a ello, de vez en cuando me llama para llenar mi silenciosa biblioteca con la euforia jovial de su espíritu, contagiarme de entusiasmo y la misma alegría que no ha hecho más que favores y sacado sonrisas.

¿Y su retrato? ¿Cómo decirlo? Lo he visto veinte veces y, en cada ocasión, se trata de una persona diferente. En una ocasión se sinceró conmigo.

―Ya no sé quién soy. No me reconozco en el espejo.

Es un gran actor, por supuesto. Es así como posee la increíble habilidad de disfrazarse. Adopta la voz, los gestos y maneras de hablar de otras personas sin el más mínimo esfuerzo.

―¿Por qué? ―preguntó― ¿Por qué debería limitarme a mantener una sola forma o rasgo? ¿Por qué aceptar el riesgo que corro al ser una sola persona? Mis acciones me definirán.

Y agregó con un toque de orgullo:

―Sería maravilloso que nadie lograra afirmar quién soy y que, en su lugar, afirmaran, sin temor a equivocarse, que tal acción lleva mi nombre: Arsène Lupin.