Elías despierta en silencio. Hoy cumple 50 años. No quiere regalos, ni cenas, ni discursos. Solo desea un abrazo. Uno que diga “te veo”. Uno que lo reconozca como algo más que proveedor.
[[Se sienta en el patio con café]]
[[Escribe una carta que nunca enviará]]El sol apenas roza las hojas del naranjo. Elías piensa en sus hijos, en Clara, en los años que han pasado. ¿Lo ven realmente? ¿O solo lo necesitan?
[[Cuando Tomás le decía “eres el rey”]]
[[Cuando Clara lloró en silencio y él no supo qué decir]]Elías toma papel y lápiz. Escribe lo que nunca ha dicho. Que no quiere ser útil, quiere ser amado. Que no quiere ser fuerte, quiere ser visto.
[[“Quiero que me abracen sin prisa”]]
[[“No soy solo lo que doy”]]Recordar eso lo hace sonreír. En ese entonces, no era un cajero automático. Era refugio. Era héroe. ¿Puede volver a serlo?
[[Llamar a Tomás y decirle lo que siente]]
[[Guardar el recuerdo y seguir en silencio]]Ese día, Elías sintió que fallaba. No por no resolver, sino por no saber acompañar. ¿Y si hoy intentara algo distinto?
[[Busca a Clara y le ofrece un abrazo sin palabras]]
[[Se encierra en el baño y llora por primera vez en años]]Escribe esas palabras con manos temblorosas. No sabe si alguien las leerá. Pero al escribirlas, algo se libera.
[[Dobla la carta y la deja en la mesa]]
[[Rompe la carta y la guarda en el cajón]]Escribir eso le duele. Porque sabe que por años ha sido eso: el que da, el que resuelve. Pero hoy quiere ser el que recibe.
[[El último abrazo sincero que recibió]]
[[La última vez que lloró sin esconderse]]La carta queda ahí, como testigo silencioso. Clara la verá. O no. Pero Elías ya se ha dicho lo que necesitaba.
[[Final: El abrazo]]No quiere que nadie la lea. Pero escribirla fue suficiente. No todo lo valioso necesita ser compartido.
[[Final: El abrazo]]Fue de Tomás, cuando tenía ocho años. “Eres el mejor papá del mundo”, le dijo. Elías lo creyó. Por un momento.
[[Final: El abrazo]]Fue cuando murió su padre. Lloró frente a todos. Y nadie lo juzgó. Desde entonces, aprendió a esconderse.
[[Final: El abrazo]]Tomás contesta. Está ocupado, pero escucha. Elías le dice: “Hoy no quiero que me felicites. Quiero que me abraces. Aunque sea con palabras.”
[[“Te prometo que el próximo año te abrazo en persona”]]
[[“Papá, no sabía que te sentías así. Lo siento.”]]Elías se queda quieto. El recuerdo es cálido, pero no suficiente. El silencio pesa. ¿Y si aún hay tiempo?
[[Escribe un mensaje a Martina, sin esperar respuesta]]
[[Sale a caminar sin rumbo, buscando algo que no sabe nombrar]]Clara lo mira sorprendida. Luego lo abraza. Largo. Sin prisa. Como si también lo necesitara.
[[“Gracias por estar. Por ser tú.”]]
[[“Pensé que no querías hablar de tus emociones.”]]Las lágrimas caen sin permiso. No por tristeza, sino por alivio. Por fin se permite sentir. Por fin se permite ser.
[[Se mira al espejo y se dice “soy valioso”]]
[[Sale y le dice a Clara “necesito que me veas”]]Tomás sonríe. “Te lo prometo, papá. No eres solo lo que haces. Eres lo que significas.”
[[Final: El abrazo]]Tomás guarda silencio. “Gracias por decirlo. Te abrazo desde acá.”
[[Final: El abrazo]]Martina responde más rápido de lo esperado. “Papá, gracias por enseñarme a pedir cariño. Te abrazo desde acá.”
[[Final: El abrazo]]Elías camina bajo el sol. No encuentra respuestas, pero encuentra aire. Encuentra espacio.
[[Final: El abrazo]]Clara lo mira con ternura. “Hoy te abrazo como tú me has abrazado siempre.”
[[Final: El abrazo]]Elías sonríe. “Hoy sí. Hoy quiero que me veas.”
[[Final: El abrazo]]Por primera vez en años, se cree esas palabras. No por lo que hace. Por lo que es.
[[Final: El abrazo]]Clara lo abraza. “Siempre te he visto. Solo no sabía cómo decírtelo.”
[[Final: El abrazo]]Sea por carta, por llamada, por gesto o por llanto, Elías recibe lo que deseaba: un abrazo. No uno funcional. Uno que lo reconoce. Uno que dice “te veo”.
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