Este diario toma forma bajo la guía de mi terapeuta, quien sostiene que plasmar mis vivencias será clave para impulsar mi mejora. Aunque vislumbro cierto progreso en mi bienestar últimamente, siento que siempre es precioso buscar mejoras, por más mínimas que parezcan. Me resulta un desafío abrirme, incluso a las páginas de este libro donde ahora deposito mis pensamientos. Desde la niñez, abracé la creencia de que mis miedos y dolores eran una carga que debía llevar en solitario. Mis padres se sumían en jornadas laborales agotadoras, y yo no quería añadirles más preocupaciones. Sin embargo, temo estar desviándome del punto central.
[[Empecemos por el principio...]]
Mis padres, a pesar de no ser personas malas, más bien todo lo contrario, proyectaban una frialdad en mi infancia. Su justificación siempre se sostenía en la necesidad de trabajar incansablemente, desde la salida hasta la puesta del sol, con el objetivo de brindarme una vida próspera. No obstante, esta dedicación desmedida generó una grieta palpable entre nosotros. La ausencia de tiempo compartido se convirtió en el sutil aguijón que separaba nuestras conexiones emocionales.
[[Volver a la historia |Todavía recuerdo que era viernes...]]Mi primer encuentro con el miedo abrumador aconteció a la temprana edad de siete años. Hasta ese momento, mi vida infantil transcurría en aparente normalidad: contaba con amigos, y en general, disfrutaba de una infancia plácida. Guardo con nostalgia los recuerdos de juegos entrañables con [[mi abuela]], las noches de cine de cada viernes y las tardes de diversión en el parque. Aquella inocente etapa se vio marcada por un episodio que cambiaría mi percepción del mundo.
[[Todavía recuerdo que era viernes...]]La última escena de la película se desvaneció en la pantalla, y [[mis padres]], con un suave "buenas noches", me enviaron a la cama. Tras cambiarme y recostarme, un sonido constante interrumpió mi paz. Era como un goteo persistente que se negaba a ser ignorado. "Seguro que no cerré bien el grifo", pensé, obligándome a levantarme y dirigirme al baño en la penumbra de mi habitación.
[[Y de pronto, note que algo andaba mal...]]Mi abuela, un ser de amabilidad imperturbable, portaba siempre una sonrisa en su rostro. Me viene a la mente con nitidez cómo a escondidas de mis padres, solía obsequiarme golosinas, convirtiendo aquel gesto en nuestro pequeño secreto compartido. Además, fue ella quien me regaló mi querido osito de peluche, al que cariñosamente llamé el señor Abrazos. Ah, aquellos tiempos eran verdaderamente más simples, impregnados de la ternura de mi abuela y la magia de esos momentos compartidos.
[[Volver a la historia |Empecemos por el principio...]]Al intentar encender la luz del baño, la oscuridad persistió sin ceder. El ambiente en la penumbra era gélido, y mi piel desnuda sentía el frío, como si caminara sobre un tapiz de nieve. Al tratar de abandonar el baño, una fuerza invisible me inmovilizó, mientras algo, apenas perceptible entre las sombras, empezó a envolverme en un abrazo. Dos brazos, delicados como los de un niño, me rodeaban, impidiéndome girarme. Permanecí en pie, mientras los segundos se estiraban hasta parecer agónicas horas. La intensidad del frío aumentaba gradualmente, en sincronía con mis lágrimas. De repente, una cabeza se posó suavemente en mi hombro, y giré lentamente los ojos para enfrentar lo desconocido.
[[La visión casi me deja sin aire...]]En aquella penumbra, vislumbré un rostro, o mejor dicho, algo que desafió cualquier lógica. Jamás podré borrar de mi memoria aquel maldito semblante, cuyas facciones fluctuaban sin descanso, titilando como una bombilla al borde de estallar. Era como contemplar a mil personas y ninguna al mismo tiempo. Cuando se percató de que lo observaba, esbozó una sonrisa, la más maliciosa que jamás haya presenciado.
[[Entonces comenzó a hablar...]]Entre risas maliciosas, su voz resonaba en la penumbra.
- Jajajaja, por fin nos vemos, pequeña- dijo el ser.
Permanecí en silencio, intentando articular palabras que se negaban a salir.
- Vamos, no seas tímida- me instó con calma. - A partir de ahora, estaremos juntos, durante mucho tiempo.-
- Hmm, ¿debes estar confusa?-preguntó. -Ya te enseñaré quién soy.-
En ese instante, todo a mi alrededor cambió. La oscuridad nos envolvió, haciéndolo desaparecer en ella misma, pero su risa persistía, resonando en la nada.
Sin previo aviso, experimenté algo extraño. El frío se intensificaba gradualmente, mientras las sombras comenzaban a cerrarse a mi alrededor. Mi cuerpo se hundía lentamente, incapaz de evitarlo. Solo podía llorar, sintiendo el frío apoderándose de mí.
Cuando las sombras estaban a punto de devorar mi rostro, reapareció, riéndose.
- Bueno, dejémoslo aquí por hoy-, dijo con una extraña dulzura en su voz. - Recuerda, pequeña, siempre estaré aquí, siempre.-
Después de sus palabras, mi visión se desvaneció y [[desperté...]]Desperté sumida en lágrimas, que descendían por mis mejillas en un rastro de desesperación. Incapaz de articular palabra, me incorporé y me dirigí hacia la habitación de mis padres, en busca de un refugio seguro.
Mi madre fue la primera en despertarse. Al verme, se acercó con prontitud. La imagen de sus brazos rodeándome aún permanece nítida en mi memoria. Me abrazó con ternura, asegurándome que todo estaba bien, que solo era una pesadilla y que pronto pasaría. Sujetó mi mano con firmeza y me condujo de vuelta a mi habitación, instándome a ser valiente mientras me arropaba con cuidado.
En aquel momento, no deseaba la valentía. Anhelaba simplemente tener a alguien a mi lado, alguien que hiciera desaparecer el frío y la oscuridad que me envolvían. Agarré con fuerza mi osito de peluche y lo abracé con determinación. Aquella noche, no hubo más sueños ni pesadillas.
Y como cada fin de semana fui a visitar a [[mi querida abuela.]]Como era costumbre cada fin de semana, me dirigí a la casa de mi abuela. Le compartí los detalles de la pesadilla que me atormentaba, y aún puedo recordar sus sabias palabras.
- Mi pequeña-, dijo con dulzura, - es normal tener miedo. Todos lo experimentamos. Los valientes son aquellos que no permiten que el miedo los domine.-
En mi ingenuidad, le repliqué que eso no tenía sentido. ¿Acaso no se suponía que las personas valientes no sentían miedo?
Ella simplemente sonrió con ternura.
- Todos pensamos así en algún momento-, me dijo. - Pero con el tiempo, te darás cuenta de algo. La valentía puede manifestarse de formas muy distintas.-
En ese momento sonreí, no me podía imaginar que mi vida empeoría en los próximos [[dos años.]]
Después de conversar con mi abuela, encontré cierta paz interior. Las pesadillas que me acechaban perdieron intensidad, y las que aún persistían ya no me dejaban tan agitada. De alguna manera, lograba soportarlas, quizás gracias a la época feliz que estaba viviendo.
Pero un día de diciembre, a mis nueve años, todo cambió drásticamente. Nunca olvidaré el momento en que mis padres se fueron sin decir una palabra, en medio de la noche. Era algo completamente inusual y me llenó de preocupación.
Cuando regresaron, vi a mi padre con los ojos enrojecidos y a mi madre con expresión triste. Mi abuela había fallecido, un ataque al corazón a causa de su avanzada edad.
De repente, un silencio sepulcral se apoderó de mi entorno. No podía escuchar a mis padres, y fue entonces cuando los límites entre sueños y realidad se desdibujaron por primera vez. Una figura se materializó ante mí, al final del pasillo.
- ¡Por fin!- exclamó con cierta exasperación. - ¿Sabes lo difícil que es torturar a alguien feliz? Todas esas pesadillas de segunda me parecieron aburridas.-
Lo miré aterrada. ¿Cómo era posible? ¿No era solo un sueño?
-Tranquila, muchachita-, dijo con una sonrisa mientras su voz se distorsionaba. - Ahora que la abuela no está, podremos volver a jugar como antes.-
[[En ese día todo empezó a ir cuesta abajo...]]Tras el fallecimiento de mi abuela, las pesadillas regresaron con una intensidad insultante, agravándose gradualmente a medida que crecía. Inicialmente, compartía mis preocupaciones con mis padres. Al principio, era un acto de valentía, no quería añadir más preocupaciones a las ya existentes debido a la pérdida de mi abuela.
No obstante, conforme el tiempo avanzaba, la brecha entre nosotros se ensanchaba. A los trece años, nuestras conversaciones apenas superaban el minuto, y la distancia emocional se volvía cada vez más evidente.
Mi tendencia a la soledad también se agudizó. La energía necesaria para cultivar amistades me resultaba inalcanzable. Curiosamente, mi gusto por las películas de terror creció; de alguna manera, encontraba en ellas un extraño consuelo.
Fue a los quince años cuando finalmente hice una amiga, una persona que ha permanecido a mi lado hasta hoy, y a la que no cambiaría por nada en el mundo.
[[Sin embargo, también guardo en mi memoria el recuerdo de una de las peores pesadillas que sufrí...]]Con el transcurso del tiempo, las pesadillas evolucionaron, como mencioné anteriormente. Los temas se volvían más sombríos y, en general, adquirían una calidad más personal. Ahora, se sentían como ataques directos a mi ser; contenían insultos y burlas, incluso mis seres queridos se volvían crueles en esas visiones oníricas. Eran experiencias dolorosas, especialmente porque mi autoestima no estaba en su punto más alto y, lamentablemente, con el tiempo, llegué a creer las despiadadas palabras de esas pesadillas.
Por eso, me sorprendió sobremanera cuando Lisa insistió en ser amiga, a pesar de mis intentos de alejar a la gente. Hace poco, le pregunté por qué se acercó a mí, y simplemente me dijo que me veía sola y que quería echarme una mano. Siempre le estaré agradecida por eso.
No obstante, como mencioné anteriormente, conocer a Lisa no solo fue un bálsamo para mis heridas, sino que también desencadenó la peor pesadilla que he experimentado hasta ahora.
[[Solo tengo el recuerdo de caminar sola de regreso a casa. La urgencia se apoderaba de mí, y no pude esperar a Lisa.]]Mientras retornaba a casa, la penumbra envolvía el entorno; todas las farolas destellaban su luz. De repente, mi móvil vibró con un mensaje de Lisa.
- Mira a tu derecha- me dijo, lo hice, y divisé un móvil tirado frente a un callejón. Caminé con cautela, temiendo lo peor.
Al acercarme, confirmé mis temores. El móvil de Lisa yacía en el suelo, la pantalla aún iluminada. Al alzar la vista, percibí una sombra al fondo del callejón, mientras sollozos silenciosos envolvían el aire. Mi cuerpo se movió instintivamente, revelando una figura reconocible. Mi mejor amiga estaba de rodillas, con manchas de sangre surcando sus brazos y piernas; su rostro estaba oculto, dirigido hacia el suelo.
Sin dudarlo, me encontré frente a ella, extendiendo la mano mientras murmuraba. Al alzar su rostro, la visión fue horrenda; su rostro estaba maltratado, sus ojos vidriosos, rastros de lágrimas marcaban su piel golpeada.
Me observó fijamente, los segundos parecían eternidades, hasta que finalmente habló.
- ¿Por qué no me esperaste?- su voz, áspera y débil, resonó. - ¿Podrías haberme ayudado? ¿Acaso no te importo?-.
Intenté responder, pero mi voz se negaba a salir. De repente, noté algo. Al mirar hacia arriba, aquella maldita entidad estaba ahí, sonriendo.
- Ves, no puedes tener cosas bonitas-, dijo burlonamente. -No las mereces. Terminarás arruinándolo todo, como con tus padres.-
De repente, algo terrible ocurrió. Lisa comenzó a gritar, a pedir ayuda, suplicando que parara. Entonces, presencié algo horrendo: hilos carmesí surgieron de sus brazos y piernas. Lisa colgaba como una marioneta antigua, suspendida en sus propias venas y arterias, como si fueran [[hilos siniestros]].
Lisa avanzaba hacia mí, manipulada por esa presencia maligna. Sus movimientos eran torpes, cada paso y gesto venían acompañados de gemidos de dolor.
- Eres una mala amiga-, expresó "Lisa" entre los gemidos. - ¿Por qué no me ayudaste?-.
Traté de retroceder, solo para tropezarme y caer de espaldas. La veía acercarse, observaba cómo su cuerpo se descomponía y retorcía, pero lo que más me impactó fue su mirada, cargada de odio hacia mí.
Lo último que recuerdo antes de despertarme fue una risa, y el cuerpo destrozado de mi amiga yaciendo ante mí.
Desperté llorando, aferrándome al Señor Abrazos. Temblando, cogí mi móvil y miré el contacto de Lisa. Quería llamarla, necesitaba saber que estaba bien. Sin embargo, al percatarme de la hora, a pesar del nudo en mi garganta, decidí esperar. La vería a la mañana siguiente, ¿verdad?
No pude conciliar el sueño, simplemente permanecí abrazada al peluche. A la hora del desayuno, salí de mi habitación y me dirigí a la cocina. No recuerdo por qué, pero terminé discutiendo con mi madre. Grité, le dije que no sabía nada y salí corriendo llorando.
Llamé a Lisa, aún llorando. Se preocupó, me instó a ir a su casa. Al llegar, me abrazó y, finalmente, rompí en un llanto desgarrador.
Después de calmarme, le conté todo a Lisa: mis sentimientos, las pesadillas, mis problemas familiares. Ella solo escuchó, reflexionando. Cuando terminé, se levantó y me pidió que la acompañara. Me dijo que tenía que hablar con mis padres y que estaría conmigo.
Reconozco que sentía miedo ante la reacción de mis padres, pero hablar con Lisa alivió una carga. Pensé que tal vez debería hacer lo mismo con mis padres, así que reuní valor y fui a hablar con ellos.
Al regresar a casa, mi madre lucía preocupada. Se acercó y me abrazó, pidiendo disculpas y asegurándose de que estuviera bien. Detrás de ella, mi padre también parecía agitado, pero mostraba que quería darme espacio.
Les conté todo, recuerdo verlos llorar y abrazarme. Fue una sensación cálida, una que nunca olvidaré.
[[Desde ese momento, todo empezó a mejorar.]]Inicié visitas al psicólogo, una decisión que resultó ser de gran ayuda. Con el respaldo de Lisa y mis padres, cada día notaba una mejora significativa en mi bienestar emocional.
Finalmente, comprendí el significado de las palabras de mi abuela. Buscar ayuda fue un acto de valentía, una muestra de que no me rendí ante las dificultades.
Ahora, siempre tengo presente que cuento con personas a mi lado dispuestas a brindarme apoyo. Y cuando la noche cae, mis miedos y pesadillas quedan relegados a eso: meras pesadillas incapaces de causarme daño alguno.
FIN